LA SACA DE TAFALLA

La saca de Tafalla, la matanza detrás de la demanda de Del Burgo

LOS FUSILAMIENTOS DE MONREAL (Navarra 1936, De la esperanza al terror) Altaffaylla -Jose Mª Esparza 1984

 En la recién acabada cárcel de Tafalla, más de 100 hombres y una decena de mujeres abarrotaban a mediados de octubre todas las celdas y pasillos en unas pésimas condiciones de habitabilidad, agravadas por la falta de espacio y los calores del verano. Aún así con organización, camaradería y buen humor, los presos sobrellevaban su situación dándose mutuamente ánimos y esperando siempre la comida y las noticias que, dos días por semana, recibían de sus familiares.

     El grupo de los de Peralta sin embargo tenían la plena seguridad de que los iban a fusilar a todos y así lo manifestaban a sus compañeros manteniendo la incertidumbre general. Su actitud no era para menos: el día 2 de agosto, de madrugada, varios vecinos de Peralta se presentaron en la cárcel llevándose a 25 peralteses. En las afueras fusilaron a la mitad de ellos, «dejando la otra mitad para otro día», según les dijeron los matones, porque había llegado gente a los alrededores. Horrorizados, regresaron a la prisión y contaron lo sucedido a sus compañeros, generalizando unos temores que no pudieron disipar las garantías que les dieron las autoridades tafallesas de que aquello no volvería a ocurrir,

     Pero ocurrió La traída de los cuerpos sin vida de algunos voluntarios permitió caldear el ambiente a quienes insistían en no «no alimentar los cerdos de la cárcel». Al fin, la muerte del teniente de requetés, Julián Castiella, y su masivo funeral el día 18 de octubre, se aprovechó para provocar, en contra de la opinión de la familia del fallecido, una «espontánea» manifestación a la cárcel que fue impedida a duras penas por la Guardia Civil. Viendo frustrado el linchamiento, allí mismo se formó una comisión de vecinos de Tafalla, carlistas en su mayoría, que al día siguiente se dirigió a las autoridades para, basándose en el «clamor popular» conseguir los permisos de los fusilamientos.

     Dos días más tarde, a las 8 de la noche, les comunican que no se acuesten, que les van a trasladar a Burgos. La orden de traslado está firmada por el General Solchaga. Los presos no se lo creen y mientras en uno de los laterales de la prisión los de peralta y Berbinzana se preparan para defenderse poniendo los colchones y camas en puertas y ventanas, los de Tafalla solicitan entrevistarse con las autoridades y personas influyentes que anteriormente les habían garantizado su seguridad.

     Conforme avanzaba la noche el desánimo fue aumentando. Los nervios y la tensión producen continuas descomposiciones que hará que los retretes estén ocupados y se forme larga cola para los mismos. Todos los cigarrillos y puros se fueron consumiendo. Algunos lloraban amargamente. La mayoría, que se mantenía entera, cerraba los puños y maldecía por su impotencia e indefensión. Los concejales de Tafalla, a pesar de su insistencia, no consiguen localizar a ninguna de las personas solicitadas.

     Nadie quiere dar la cara. A las dos y media de la mañana, un numeroso grupo de requetés del Tercio Móvil de Pamplona llega a la cárcel y leen la lista de los que van a ser trasladados. Ningún nombre con cierta responsabilidad política ha sido omitido. Entre ellos el alcalde de Murillo el Cuende, Jesús Ederra; los concejales de Tafalla, Ángel Mentxaka, Saturio García, Cipriano Sola y Pedro Martinena; los concejales de Berbinzana, Faustino Chocarro y Miguel Elizalde; Lino Pascual, secretario de la UGT de Gallipienzo y otros más con cargos en las juntas directivas de las organizaciones de izquierda.

     En total se han contabilizado sesenta y cuatro personas, veintisiete de Tafalla, quince de Peralta, doce de Berbinzana, tres de Cáseda, tres de Gallipienzo, dos de Murillo el Cuende y dos de Caparroso y San Martín, quedando en duda si una o dos personas más.   

     Algunos de ellos se resistieron a salir, siendo obligados a punta de Pistola. En las despedidas a sus camaradas quedaba patente que estaban seguros del lugar al que les conducían.

     A pesar de todo abrigaban todavía ciertas esperanzas cuando los vehículos se dirigían a Pamplona. Sin embargo, los dos autobuses fueron un grito unánime de desaliento y protesta en el momento que se salieron y tomaron la que conduce a Monreal. Algunos jóvenes se soltaron, pero fueron de nuevo reducidos. Tras un largo tiempo junto a la carretera, a la espera tal vez de que los confesores, fueron por fin conducidos al término denominado «la Tejería» donde desde días anteriores se habían abierto unas enormes zanjas que servirían de fosas comunes. Del autobús los iban llamando por pequeños grupos, atados de dos en dos por medio de un alambre. Varios curas se encontraban en el lugar confesando a quienes lo deseaban. Un teniente mandaba el pelotón de fusilamiento y tras la descarga un requeté uniformado les daba el tiro de gracia antes de arrastrarles hasta las fosas.

     Según testigos presenciales, voluntarios en el citado Tercio Móvil y que custodiaban a los detenidos, el requeté que daba los tiros de gracia era el coadjutor de la parroquia de Murchante, Luis Fernández Magaña, administrador del Conde Rodezno, que se alistó voluntario desde los primeros momentos del Alzamiento

     Acabada la matanza, los cuerpos fueron cubiertos con una capa de cal y enterrados por los horrorizados vecinos a quienes se les obligó a participar en el espectáculo, sintiéndose incapaces de participar en el almuerzo que allí mismo prepararon los matones.

En aquel mismo lugar habían asesinado el mes anterior a doce personas de Aoiz y a cuatro de Aos. El día 25 de octubre, cuatro días después de la saca de la cárcel del distrito, echaron en la misma fosa a cinco peraltases más y a una maestra de Pamplona.

En aquel tranquilo  paraje y ante la imponente silueta de Elomendi fueron enterrados, además de 86 personas, muchos años de reivindicaciones obreras y campesinas,

(Navarra 1936, De la esperanza al terror) Altaffaylla – Jose Mª Esparza 1984

 

La saca de Tafalla, la matanza detrás de la demanda de Del Burgo contra Mikelarena

Arturo del Burgo ha presentado una demanda al historiador Fernando Mikelarena porque en sus libros sobre la Guerra del 36 recuerda que su abuelo Jaime del Burgo era jefe del Requeté cuando se produjo la saca de Tafalla. ¿Pero qué ocurrió en esa saca? Esta es la historia de una matanza.

Jaime del Burgo era jefe del Requeté de Nafarroa en la segunda quincena de octubre de 1936, cuando se produjo la saca de Tafalla. Por recordar esa circunstancia, Arturo del Burgo, nieto del requeté, le ha puesto una demanda, a pesar de que el historiador en ningún momento llega a señalar que estuviera presente en esa matanza.

Entonces, ¿por qué le preocupa tanto que, aunque sea de manera muy indirecta, se llegue a establecer algún tipo de vínculo entre Del Burgo y esa saca, como para llevar la cuestión a los tribunales? Tal vez todo se debe a lo que supone recordar lo sucedido. ¿Pero qué pasó aquel 21 de octubre de 1936?

Todo comenzó a kilómetros de Nafarroa, concretamente en el frente de Sigüenza. El 18 de octubre, fallecía Julián Castiella Sánchez, teniente del Requeté y jefe de Requetés de Tafalla, de 25 años, y que lideraba a un grupo de carlistas tafalleses en Somosierra.

La noticia de su muerte «cayó como una bomba» en la localidad, según recogía la prensa, y su funeral y entierro días después fue «un acontecimiento de luto no conocido».

Intento de asalto de la cárcel

Según detallaron ya en 1978 varios testigos presenciales, durante el funeral, el vicario de la parroquia de Santa María «calentó a la gente y a los que habían venido del frente, casi todos carlistas», hasta el punto de que «los asistentes empezaron a gritar ‘¡Mueran los presos!’». A continuación, se dirigieron a la cárcel, donde estaban encerradas más de 60 personas por sus ideas contrarias a las de los sublevados, para asaltarla.

Eran las doce del mediodía, «cuando los familiares llevaban la comida a los presos. Los voluntarios requetés iban por medio de la carretera, con los fusiles, las bombas, y la gente; las mujeres que llevaban la comida a los presos, al ver eso, se echaron a llorar y gritar», relató un testigo.

Al llegar al cuartel de la Guardia Civil, el sargento del puesto, junto a otras personas como el alcalde o el médico, impidieron que los requetés entraran en el mismo para llevarse a los detenidos. Pero no fue más que un aplazamiento de lo que estaba por llegar.

Como no habían podido sacarlos de la cárcel directamente, «una comisión de tafalleses se destacó para pedir a la Junta de Guerra Carlista de Navarra que fuesen entregados los presos para ser fusilados. La Junta de Guerra accedió a la petición», según señaló Salvador Urroz. Otros testigos indicaron que, aunque se había pedido a las autoridades carlistas que firmaran las órdenes de libertad para las ejecuciones, «sin firmar la orden, bajaron a la noche» para seguir adelante con sus intenciones.

La saca tuvo lugar dos días después del intento de asalto a la cárcel. Hasta el lugar se habría desplazado un grupo de requetés del Tercio Móvil de Iruñea, que se presentó con una lista de los que iban a ser trasladados.

Un total de 64 fueron subidos de madrugada en uno o dos autobuses de la Tafallesa, varía el número dependiendo del testimonio de los testigos, para ser trasladados a la Tejería de Monreal, un lugar donde ya se habían ejecutado fusilamientos.

Una vez allí, los hicieron descender de los vehículos. Iban de dos en dos, atados por un alambre o esposados. En vista de lo que les esperaba, quienes así lo deseaban, recibieron confesión por parte de varios curas que se encontraban en el lugar.

A continuación, los ejecutores formaron grupos de seis, «los ponían todos juntos y desde unos matorrales ocultos, les disparaban y un veterinario les daba el tiro de gracia», según detalló un vecino de Monreal que entonces tenía 18 años. Otros testigos apuntaron que el requeté que les daba el tiro de gracia era «el coadjutor de la parroquia de Murchante, Luis Fernández Magaña, administrador del Conde de Rodezno, que se alistó voluntario desde los primeros momentos del Alzamiento».

Según los iban fusilando, «con unas parihuelas hechas con ramas de árboles, los arrastraban hasta la fosa», donde los cuerpos fueron cubiertos con cal por vecinos de Monreal que fueron obligados a enterrarlos.

La matanza habría comenzado alrededor de las 2.30 horas de la madrugada y se habría prolongado hasta las doce del mediodía hasta acabar con la vida de 64 personas. Otros testimonios indicaron que habría comenzado a las cuatro de la mañana y terminó a las ocho.

Aunque los testimonios recopilados por Mikelarena en su libro tienen variaciones en algunos detalles, la esencia de lo ocurrido no cambia y termina con más de 60 personas ejecutadas en la mayor saca de las registradas en Nafarroa en 1936 y 1937.

Jefe temporal de Requetés

La saca de Tafalla coincidió en el tiempo con Jaime del Burgo como responsable temporal de la Jefatura de Requetés de Nafarroa, según ha documentado Fernando Mikelarena a través de la prensa de esos días, «ya que es algo que no consta, al igual que no constan muchísimas cosas más en la documentación de la Junta Central Carlista de Guerra de Navarra que se conserva en el Archivo General, porque la misma ha sido fuertemente expurgada, eliminándose los papeles más comprometedores».

Pero las informaciones publicadas en prensa en ese momento son muy elocuentes (como se aprecia en esta imagen publicada en su libro ‘La [des] memoria de los vencedores’).  Como recoge Mikelarena, Jaime del Burgo fue «jefe de Requetés de Navarra de manera temporal durante unos diez días, desde el día 18 de octubre hasta, como mínimo, el 27 del mismo mes. Fue designado por parte de Esteban Ezcurra, que lo nombró sustituto temporal suyo en dicho cargo por marcharse temporalmente de la ciudad, tal y como se publicó 18 de octubre de 1936 en ‘Diario de Navarra’ y en ‘El Pensamiento Navarro’».

El historiador detalla que en la orden de nombramiento, «Ezcurra señaló ‘con plena representación de las facultades que me han sido conferidas (…) Lo que comunico a los señores jefes, oficiales, clases y soldados, para su conocimiento y demás efectos’. Ese mismo día se publicó una orden firmada por el Capitán de Requetés, que en virtud de aquel nombramiento era Jaime Del Burgo Torres, con fecha del mismo día 18 «p. o.», es decir, ‘por orden’».

Además, el domingo 25 se publicaba en ‘Diario de Navarra’ también una orden del 24, «constando explícitamente su nombre (El jefe de Requetés. P. O. El Capitán, Jaime del Burgo). También el 28 consta otra orden del día 27, figurando en la firma ’El capitán jefe accidental, Jaime del Burgo’. Hay que decir que en sus diversas obras, Jaime del Burgo nunca habló de que hubiera ostentado ese cargo».

Teniendo en cuenta que la saca de Tafalla se produjo el 21 de octubre, coincidió con esa jefatura temporal ostentaba por Jaime del Burgo, aunque Mikelarena ya señala que «es muy llamativo que nadie haya mencionado la presencia de Del Burgo en los sucesos, siendo como era una persona muy conocida en Pamplona y en toda Navarra».

«De cualquier forma -continúa el historiador-, para una saca de semejante magnitud, habrían sido precisos muchísimos voluntarios en las labores de infraestructura de traslado y ejecución de los 64 asesinados». Por ese motivo, aunque se apunta al Tercio Móvil como principal actuante en la saca, «en la documentación hay testimonios de la presencia de requetés de Tafalla y de la zona en labores punitivas tanto en Pamplona como en sus pueblos respectivos, por lo que no sería complicado contar con la participación de personas residentes entonces en la capital o en los municipios del distrito tafallés».

Estos son los hechos sangrientos que emergen detrás de la demanda presentada por Arturo del Burgo contra el historiador Fernando Mikelarena. Una matanza que nunca fue llevada a los tribunales para depurar lo ocurrido y hacer justicia a los ejecutados, mientras que una investigación histórica sobre lo sucedido y las circunstancias que la rodearon sí que ha terminado en los juzgados.

NAIZ